Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

Mi Mejor Herencia

Jueves Santo –Mi Mejor Herencia-
El Evangelio de la última cena de Jesús con sus apóstoles es muy profundo y da muchos signos y pistas de por dónde debe ir la vida de alguien que se dice seguidor de Jesús.

Yo siempre recuerdo que, cuando era chico (más chico), una de mis obsesiones era llegar temprano a la Iglesia a ver si me elegían para el lavatorio de los pies (incluso buscaba ponerme medias que estuvieran decentes), porque es que (no sé bien cuándo) siempre me acordaba eso que Jesús le dice a Pedro: “si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Tal vez me quedé pensando en esto por dos razones: una era que tenía cierto temor de quedarme sin Jesús (probablemente movido por la inmadurez de mi fe y la presencia, en aquellos tiempos, de un Dios más justiciero que padre misericordioso); y la segunda razón (muy unida a la primera) era que de ese modo, si “Jesús” me lavaba lo pies, entonces ya me tendría en cuenta, vería que no era un chico tan malo y por lo tanto me lo perdonaría todo y hasta podría darme un lugar junto a él. Finalmente nunca me eligieron, y eso que llevaba mi piececito muy bien lavado. Con el tiempo me olvidé del asunto, y me olvidé de muchas más cosas, en ocasiones incluido Dios mismo. Ya ven por dónde te lleva la vida, y Dios, y ahora resulta que tampoco me eligen para que me laven los pies sino que me toca lavarlos a mí. ¿Tendrá algo que ver toda aquella obsesión adolescente y juvenil con todo esto?

Yo me pregunto cómo será todo esto cuando lleguemos junto a Dios. Sí, probablemente nos encontremos con los pensamientos más profundos de Jesús y nos demos cuenta de lo que él puede haber pensado en este día. Supongamos que Jesús en un momento se detiene y piensa, pensando en sus discípulos y en nosotros:

¿Hoy qué habrás entendido cuando te dije que comas mi cuerpo y bebas mi sangre? ¿Qué se te habrá pasado por la cabeza cuando me puse de rodillas y comencé a lavarte los pies? Qué loco impulsivo que eres Pedro, como siempre, pero así te quiero y así te elegí. Juan, tú hacías como que lo entendías todos, pero sabemos que te quedaron muchas dudas; tú siempre prefieres confiar en lo que yo te diga. Judas, ay Judas, cómo me duele el que pases por todo esto y lo que te espera. A pesar de lo que haces hoy, no te guardo rencor.

Espero que puedan darse cuenta de la herencia que les estoy dejando; la mejor que encontré. Me dejo a mí mismo en este poco de pan y este poco de vino, les dejo como herencia el servicio –que no se les olvide que para eso estamos, para servir y por consiguiente amar-, les prometo enviarles mi Espíritu que mucha falta les va a hacer –él no se cansa de que lo llamen, a la hora que sea-, les dejo lo único que hace a mi ser: el amor -espero que aprendan a disfrutar de él, que lo hagan propio y que no lo usen para lo que no es-.

Me gustaría no tener que pasar por todo esto, me gustaría volver a estar caminando por los caminos de esta tierra árida y cansada por el sol, me gustaría poder seguir pasando los ratos juntos como hasta ahora, me gustaría poder envejecer junto a ustedes…

Espero que no tarden más de dos mil años en comprender todo esto y en aprender a disfrutar de mi herencia y a ponerla en práctica. ¿Qué más les puedo dejar? Mi vida… así ya se los he dado todo.

¿Qué estará pensando hoy el Señor? Si nos mira de cerca, ¿podrá afirmar que hemos aprendido a disfrutar de su herencia? ¿Cuánto de amor y de servicio hay en nuestra vida? ¿La vida nos la guardamos bien para nosotros o sabemos darla a los demás? Estas preguntas, y mucha más que podrían surgir hoy son las que nos pueden ayudar estos días para ir más a fondo en todo lo que hacemos en memoria de Jesús.

Yo especialmente estoy muy agradecido a Dios por lo que me da, especialmente el sacerdocio (hoy es nuestro día) que espero no malgastarlo y hacerlo fructificar. Hoy se instituye la Eucaristía y por consiguiente el sacerdocio para poder perpetrar este sacrificio de amor y entrega. También el amor fraterno tiene que ser nuestro lema, el servicio nuestro oficio, el pan y el vino, la Eucaristía, nuestro alimento y junto con la oración nuestra fuerza.

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