Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

Pongamos que hablo yo de ti

Sí, ya sé… hace varios días que no escribo nada en este blog, y para ser un blog que se precie, tal vez debería tener entradas más seguidas… pero en fin, vamos a hacerle el honor hoy mismo.

Ciertamente el escuchar una canción (creo que es de Joaquín Sabina) que se llama Pongamos que hablo de Madrid, que bien pueden observar que ha inspirado el título de esta entrada (en parte, claro está); me hace pensar que la mayor parte del tiempo la pasamos hablando de muchas cosas, de muchas personas, y esto último en el mejor de los casos. Digo en el mejor de los casos porque los que se pasan el tiempo hablando de ellos mismos son insufribles, o inconvivible (que no se puede vivir con ellos, quiero decir) aunque tal vez también sean insustituibles.

Digo yo Pongamos que hablo yo de ti porque es más fácil hablar del otro, de sus defectos y virtudes, que hablar de nosotros mismos, si es que no queremos caer en la pesadez que supone el hablar todo el tiempo de uno mismo, también con defectos y virtudes. Y los psicólogos dirían que todo esto no es más que una proyección (el hablar de uno pero refiriéndose a los demás) y puede que tengan razón, pero al mismo tiempo creo que podemos sacar algo bueno de todo esto.

Es verdad que hablar de los otros, como si bajo un microscopio los tuviéramos, puede resultar cansador para los otros, pero cierttamente puede ser beneficioso para nosotros si no sólo nos quedamos en eso, en el análisis de los otros y nada más. De todo esto hay que aprender. Es mejor, ciertamente, no estar evaluando a los demás continuamente, pero si caemos en ello, al menos aprendamos.

Todo eso que a lo mejor vemos, bueno o malo, en los demás, es probablemente también parte de lo que somos nosotros. Bien podemos pensar que los defectos que vemos en el otro, precisamente no me gustan porque seguramente me están recordando los míos. Y las virtudes del otro, es probable que sean un reflejo de lo que yo también tengo o, al menos, deseo tener de bueno.

Es así que la idea es aprender que esos defectos que el otro tiene, y que no me agradan, a cualquier otra persona, muy probablemente, tampoco le gustará verlos en mí; y en cuanto a lo bueno, sí puede que sea necesario que se afinque en el ser de mi persona. De manera tal que tenemos que podar, en nosotros, los defectos del otro y al mismo tiempo debemos cultivar las cosas buenas que también puede tener aquél que tenemos en observación.

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