Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

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Volver a empezar

Hasta cuándo...

Hasta cuándo…

Conocí a un señor, y a la señora, que eran amantes el uno del otro.
Por supuesto les costaba llevar adelante esta situación, sin que los cónyuges respectivos se enteraran, pero no lo hacían mal.
Un día decidieron que no era vida el estar siempre mintiendo, arriesgando excusas poco creíbles y viviendo un amor casi infinito, pero a ocultas.
–Hablemos con el cura —dijo ella.
Él no estaba muy convencido, pero aceptó.
Por fin se presentaron y blanquearon la situación, al menos ante quien les parecía un mensajero de Dios.
Los dos se fueron tranquilos. Ambos decidieron recomenzar, pero no era fácil. No se guardan con facilidad, en el recuerdo, veintisiete años de doble vida.

Bambalinas

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Claudio era uno de esos actores que parecía haber nacido para sus personajes. No había historia que no encajara en sus artes de representación. Los entendidos decían que era un artista versátil. Siempre bien acomodado, desde el primer ensayo, desplegaba con naturalidad lo que le exigiese el libreto. Sólo una vez, recuerdan los críticos del espectáculo, presentó una actuación algo forzada. No hubo mayores explicaciones acerca del caso, más que la justificación de una apresurada vuelta a las tablas, después de una intervención quirúrgica. A partir de ahí, con un tiempo lejos del escenario, volvió con mayor fuerza y nadie notó retroceso alguno en su forma de actuar.
Julio, un artista de primera línea. Siempre a la par con Claudio. Sin embargo, a diferencia de éste, era un hombre de mayor autodisciplina y repetición de ensayo hasta el cansancio. No paraba hasta hacerse con lo que le tocaba representar. Diríamos de una actuación intachable, aunque entre bambalinas comentaran alguna fisura de su puesta en escena. Por supuesto, nada que opacara el éxito que pudiera tener una obra que él representara. Al finalizar cada día de función repasaba, en su camerino, lo que había sucedido ante el público y anotaba las posibles mejoras y sugerencias al director. Cumplido este ritual, por fin volvía a casa, donde lo esperaba Claudio.
Al principio llamo la atención que dos actores con tan exitosa carrera decidieran vivir juntos para ahorrar gastos, según las versiones trascendidas. Luego se supo que la amistad entre ellos pasó a una intimidad mucho mayor. Siempre viviendo muy unidos y de manera discreta, entregados a la dramaturgia, aunque lo curioso era que jamás actuaban en una misma obra. Algunos lo atribuían a la libertad de interpretación que buscaba cada uno de ellos. Otros se atenían a que no hay que mezclar el trabajo con el amor. Los críticos, por su lado, aseguraban que la línea interpretativa de Julio y Claudio los llevaba en direcciones opuestas, aunque siempre elegían el mismo teatro para sus obras. Incluso se negaron a formar parte de algún reparto si la sala no era la que ellos tenían como única.
Juan, director técnico estable de aquél escenario, conocía a estos dos actores junto con sus mañas y gustos. Además, era quien facilitaba mantener en silencio lo que nadie sospechaba. No hacían falta explicaciones, todo estaba preparado para que ambos se sintieran cómodos y trabajaran sin dificultad.
Estos artistas estaban unidos por el amor. El amor entre ellos y el amor al arte teatral. Pero además los había juntado el deseo de complementarse y mitigar juntos su dolor y su tragedia. A Claudio le sucedió en un accidente de coche. A Julio mientras practicaba alpinismo. Ambos compartían una vida de actuación, dentro y fuera del teatro. Cuando uno tenía que actuar, el otro se quedaba en casa, de este modo aquél usaba, sin complejos, el único brazo ortopédico que tenían y compartían.

Tesoro

Tu hora

Cuando, familiares, amigos y enemigos, pasaban por casa y la veían, siempre hacían algún comentario. A mí, desde que tengo memoria, me resultaba normal encontrármela en la cocina, o en el living, según los días o épocas del año. Después, me enteré de que se trataba de lo más valioso que había en la familia. Fue compañera inseparable de mi bisabuelo, pero pasó a un segundo plano cuando llegaron los hijos.

Años más tarde mi abuela fue la que más la cuidó. Incluso, la llevó consigo a vivir con nosotros. Mis tíos-abuelos también la querían, pero no les importaba tenerla cerca. Más tarde, fue mi padre el que tomó el relevo y se ocupó de que no claudicara.

“¡Es de las que funciona a transistores!”, decían algunos con tono de burla. Pero lo cierto es que ahí estaba y no paraba de hablar. ¡Una auténtica joya! ¡Una reliquia! Hasta hace pocos años, en parte, me llegó el turno y procuré que continuara en pleno funcionamiento. Hoy, se apagó por completo. ¡Te extraño, bisabuela querida!

Ana y Juan

“Todos los días cociné con esmero y puntualmente. Mis recetas quedaron sin ser probadas y yo sin tu compañía”. Es el diario de Ana, al final de cada página.
Juan, por su lado: “Las paredes son testigos de mis días contados y mi almohada junta sueños rotos”.
La negación, a veces, implica la esperanza de revertir las cosas. Tener sueños alimenta las ganas de seguir viviendo para un día dejar de soñar despierto.
Hoy, Ana escribe: “Por fin sé que le faltaba sal a la comida”. 
Y Juan: “Me quedé sin paredes dónde marcar mi encierro”. 

El Amor de Dios es débil


Desde hace unos días me resuena en la cabeza una expresión de Amedeo Cencini. Él dice que el amor de Dios es débil.

Rápidamente, saltaron todos los resortes intelectuales y teológicos (si es que hay algo de eso) para responder-me que no estaba bien lo que este buen señor argumentaba. Es que pensamos que Dios lo puede todo. Todopoderoso, sabio eterno, omnipotente, ser supremo, son algunos de los modos de referirnos a Dios. Más cuando necesitamos que el Señor nos proteja o defienda de algún mal. Y si pedimos algún milagro, no nos vale un Dios que tiene un amor débil.
Si esto último es verdad, entonces (permítanme abandonarme en la imaginación) los que se sienten abandonados por Él, porque sufren desgracias, no reciben lo que piden incesantemente, o creen que Dios jamás los perdonará, comprenderían que la razón de todos sus males es el amor débil del Altísimo. Esto no nos sirve.
Pero claro, el amor débil del Creador es el mejor y más auténtico de todos. Es que un amor de este tipo nunca impone, no avasalla, no ahoga a nadie, nunca es violento, jamás abandona, no es capaz de traicionar, evita toda discusión, no mata, no roba, termina siempre diciendo la verdad, no hace daño. Su misma debilidad intrínseca hace que actúe de ese modo.
Este amor verdadero es el que, por otro lado, busca darlo todo y respeta nuestra libertad de un modo absoluto. Siempre está dispuesto a acoger y cuidar y perdonar. Creo que valdría decir que Dios, y su amor, tiene una debilidad infinita por nosotros. Ya vemos que morir en una cruz, para algunos, es signo de debilidad, cuando es la fuerza de Dios que da una vida nueva.
No sé hasta donde podamos imitarlo, pero cuanto más débil sea nuestro amor, a la manera de Dios, mejor será nuestra vida compartida con los que nos ha tocado hacer este viaje viviente.

Miedo vs Amor

Cada hombre en su noche es una novela que andaba buscando hace mucho tiempo y que por fin encontré en una librería de viejo. Todo un tesoro descubierto. Julien Green deja entrever la calidad de su pluma, por lo cual recomiendo su lectura, sobre todo si parece que la dicotomía: vida mundana – vida de pureza, suscita más que un quebradero de cabeza.
Parece que la educación cristiana, desde hace siglos, siempre se ha basado en un método muy simplista: meter miedo a la gente para que se comporten acorde a los cánones de la Iglesia y así evitar todo desorden moral, además de que las amenazas de ir al infierno si uno no era “puro”, eran aún mayores para controlar a todo el mundo en el desenfreno sexual que se vivía, y que se vive. Bueno, todo sigue siempre igual, parece.
Hoy en día decir que estamos en tiempos modernos es ir contra toda regla antigua y llena de telarañas. Cualquier cosa que regule la moral es obsoleto, y menos aún se hace caso a las amenazas de las llamas del infierno. Se vive “despreocupado” de todo eso, o tal vez mejor diríamos, se vive mirando a otro lado para que aquello no nos estorbe. Y lo cierto es que en el corazón del hombre siguen sonando muchas de las cosas que se han dicho desde siempre: qué está bien y qué no.
¿Y Dios qué dice de todo esto?
No se entusiasmen, seguramente no tengo la respuesta correcta, ni me ha llamado Dios para contarme todo a cerca de esto, pero lo que sí creo que tenemos que tener presente es lo siguiente:
La Iglesia (en sentido amplio de la expresión) ha buscado dar pautas y luces de por dónde hay que caminar para llegar a Dios, y el método que usó (acertadamente o no) fue el que todos conocemos, aunque no siempre fue así; pero para nada tenemos que asociar eso con que Dios es el malo de la película, todo lo contrario.
Por otro lado, no podemos perder de vista que todo lo placentero no es sinónimo de pecado. Comer una estupenda comida, junto a familiares y amigos, es de lo más placentero, al menos para mí, y no es ningún pecado.
Y por último, ese miedo que parece que se nos ha querido meter en el cuerpo para que nos convirtamos y cambiemos de vida, no sirve para nada.
No hay que convertirse por miedo o temor, eso dura dos días. Cuando se pasó el miedo, que instintivamente queremos quitar de en medio, se pasó la conversión.
Hay que convertirse por amor. El amor es algo que deseamos tener, vivir y sentir a cada momento. Sólo por amor no dejaremos a Dios de lado, alejándonos de él. Esto permanece más que una conversión por temor.
Cada uno hace su vida, pero para hacerla junto a Dios es mejor convertirnos, volvernos hacia él, por amor. No hay otra forma de perseverar.

Microrrelato


“Todos los días cociné con esmero y puntualmente. Mis recetas se quedaron sin ser probadas y yo sin tu compañía”. Esto es lo que Ana garabateaba en su diario al final de cada página. Juan, por su lado: “Las paredes son testigos de mis días contados y mi almohada junta sueños rotos”.

La negación a veces es no cerrar la puerta a la esperanza de revertir las cosas, y tener sueños aviva las ganas de seguir viviendo para un día dejar de soñar despierto.

Vuelve a escribir Ana: “hoy por fin sé que le faltaba sal a la comida”, y Juan: “me quedé sin paredes dónde escribir mi encierro”.

Leticia


Una vez más tuve que abrir el armario número tres de las cartas devueltas y colocar la última que me llegó, después de una semana que la había enviado.
Hace siete días se cumplieron dos meses desde que comencé a escribirle a Leticia, cuyo nombre viene del latín y significa alegría, y no podía ser de otro modo porque era mi única alegría, la cual ya no tenía.
Al principio fue una carta cada hora, luego pensé que era poco y comencé a escribirle cada media hora. Al cabo de un mes, como ella no contestaba mis misivas, pensé: seguramente es muy poco lo que estoy haciendo. Ella –me dije- se aburre entre carta y carta, es por eso que del disgusto ha decidido no contestar a ninguna de las mías.
No hubo más remedio que esforzarme un poco (así se daría cuenta de cuánto la quiero), entonces empecé a escribirle cada diez minutos.
Sonó el timbre y pensé que era ella, o al menos una carta de respuesta. Abrí sonriente y con aire de triunfo, pero era el cartero con dos cajas llenas de cartas devueltas. No entendí, las miré y las metí en el armario número uno.
Redoblé el ritmo y logré escribir una carta cada tres minutos, y casi no dormí en las siguientes dos semanas, sólo quería contarle de mí y de mi vida paso a paso, pero hace una semana decidí no escribirle más. Llené casi tres armarios de dos puertas con cartas devueltas.
Esta última carta devuelta, la de hace siete días, la estaba por guardar en una caja aparte, pero algo me llamó la atención: la dirección a la que había enviado las cartas, todas, no era la de ella, era la mía.

Amor insensible – Planeta Salvado

Antes eran cartas manuscritas, incluso perfumadas, las que se guardaban como un tesoro y aun como prueba del amor profesado, aunque también se podían volver armas mortíferas, para decir que el amor había llegado a su fin, que todo había muerto, esas cartas, tesoros de pruebas del amor, eran rotas y quemadas. El odio y desengaño se volvían humo negro: signo del olvido, el rechazo y el fin de una relación.

Hoy ya casi no se escriben cartas manuscritas, aunque sí se escribe para expresar el amor, aquellas han sido reemplazadas por escuetos e-mails o mensajes de texto. Todo abreviado, rápido y de corrido, y el perfume se imagina si se puede, o se envía un guiño por el Messenger, entonces en la pantalla de la computadora te salta un corazón rosado, latiendo con fuerza de besos amontonados.

¿Y qué pasa cuando llega la ruptura? Como no hay humo que dé fe de la quemazón, rabia y rechazo al amor vivido, entonces se envían e-mails o mensajes de texto que pueden versar del siguiente modo: Ya no kiero sabr nada + con vos, acabo de mandar todos tus mails a la papelera d reciclaje y le di a VACIAR PAPELERA! JA, q t pensabs vos q ibas a aserme sto a mi? Chau, borro tu mail y tu celular de mi lista de contactos (y no guardo copia d seguridad, jajaja). Para vos estoy fuera de cobertura. No me llega señal para vos. Ade+ t puse en la lista de correo no deseado, aora sos spam para mi. En el Messenger estás blocked y no pienso enviarte más un guiño. ¿Y el facebook? Ya he cambiado mi estado y ahora he puesto que estoy “buscando a alguien”. De mi lista de amigos estás out, blocked: NO ME LLEGAN MÁS TU ACTUALIZACIONES. Ojalá t kedes sin internet y sin señal.

¡Qué fríos y poco románticos nos vuelve la tecnología! Al menos ahorramos en papel, no hacemos fogatas que pueden provocar incendios devastadores que quemen nuestro planeta, no hace falta tanto papel que genere una deforestación desmedida, y ahorramos en perfumes caros, aunque peligre la economía francesa. Romeo y Julieta contemplan, amortajados, que su historia, cada vez más, se vuelve una historia vieja y fuera de contexto y que ellos no son más la prueba de la fuerza del amor de los enamorados. Las flores lloran, con gotas de rocío, porque ya nadie las roba de un jardín y las regala como prueba del corazón enamorado.

¿Quién llora más? ¿El corazón desengañado de un amor o el amor que pierde expresividad y sensibilidad de tacto, de contacto?

EL QUE NO ME AME MÁS QUE A SU MADRE, PADRE, HERMANO, HERMANA… NO PUEDE SER MI DISCÍPULO


Cuando escucho esto en boca de Jesús, no puedo más que entrar en una cierta confusión. ¿Cómo Jesús va a decir que lo amemos más a él que a nuestros padres o hermanos? Suena un poco egoísta, y parece que tiene una exigencia estrecha, muy radical, pero muy estrecha de miras. Ese no es Jesús, o al menos el Jesús que es capaz de amar y darlo todo por el hombre. ¿Cómo se entiende esto?

Si Jesús realmente nos dijera que lo amemos más a él y no a los nuestros, entonces se contradeciría a sí mismo, porque él ama a los suyos con infinito amor, y eso es lo que vemos reflejado en todos su actos y formas de actuar. Por tanto, para entender esto, tal vez, hay que mirarlo del siguiente modo:

Hay que amar a Dios en los hermanos y, a través de ellos, de las personas, tenemos que amar a Dios por sobre todas las cosas. Mi amor es tan exclusivo a Dios que al mismo tiempo se hace amor a las personas. El mismo amor a Dios hace que amemos a nuestra madre, padre, hermano, hermana. Si me quedo sólo en amar a las personas, entonces mi amor se hace caduco, tal vez profundo, pero finito, porque probablemente se acabe cuando la persona pase, o se termine, y ese no se parece en nada al amor de Dios. En cambio, si mi amor a Dios es mayor que todo otro tipo de amor, entonces mi amor se hace eterno, infinito, sin límites, porque se hace el mismo amor de Dios, y esto sí que me lleva a amar a mi madre, padre, hermano, hermana, de un modo infinito y eterno, sin límites. Tal vez también ésta sea la clave para amar a mi enemigo.

Cuando pienso en la radicalidad de Jesús, a veces me asusta un poco, pero si entiendo que cuando más radical sea en las cosas de Dios, y aquí me refiero al amor como lo que define al mismo Dios, cuando más radical sea en el amor a Dios, entonces más radical voy a ser en el amor a la persona. Necesariamente, cuando amo a Dios amo a mis hermanos. No puedo no amar a Dios y pretender amar a las personas, no sería un amor auténtico. Y creo que el amor, para que sea auténtico, tiene que ser amor de Dios.

El que no me ame más que a su madre, padre, hermano, hermana… no puede ser mi discípulo, debería poder pronunciarse del siguiente modo: Ama más a Dios, entonces verás cómo eres capaz de amar, con amor de Dios, a tu madre, padre, hermano, hermana… así es como serás mejor discípulo de Jesús, porque te haces como él.

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