Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

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Volver a empezar

Hasta cuándo...

Hasta cuándo…

Conocí a un señor, y a la señora, que eran amantes el uno del otro.
Por supuesto les costaba llevar adelante esta situación, sin que los cónyuges respectivos se enteraran, pero no lo hacían mal.
Un día decidieron que no era vida el estar siempre mintiendo, arriesgando excusas poco creíbles y viviendo un amor casi infinito, pero a ocultas.
–Hablemos con el cura —dijo ella.
Él no estaba muy convencido, pero aceptó.
Por fin se presentaron y blanquearon la situación, al menos ante quien les parecía un mensajero de Dios.
Los dos se fueron tranquilos. Ambos decidieron recomenzar, pero no era fácil. No se guardan con facilidad, en el recuerdo, veintisiete años de doble vida.

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Treinta

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Querida Andrea
Siempre fiel a tus costumbres, acabas de abrir el lugar que ha guardado mi secreto tanto tiempo. No puedes menos que sorprenderte al ver que conocía tu hábito de venir a revisar, cada año, lo que había quedado olvidado en un lugar como este, poco apreciado por los que conozco.
Espero que hayas encontrado las cosas como imaginaste, aunque el tiempo siempre puede sorprendernos con lo que parece ya olvidado. El año pasado no te fue bien, y aquél anillo de oro no estaba donde esperabas. Te quedaste tan ofuscada que no querías hablar con nadie, aunque, con cierto disgusto, lo mismo me cuidabas. Antes, creo que hace tres años, tuviste mejor suerte, porque no sólo te quedaste con aquella cadena y medalla de oro de tu abuela, la que tu madre mencionara en más de una ocasión. Esperaste tu tiempo y fuiste por lo que decías que te pertenecía. Y no sólo te llevaste tu tesoro sino que, además, saliste luciendo una preciosa pulsera. Ciertamente no de mucho valor, pero a ti te quedaba increíblemente bien.
Sabía que ibas a venir. Ahora habrá muchos interrogantes en tu cabeza. Tal vez te preguntes cómo es que conocía lo que nunca le contaste ni siquiera a tu mejor amiga. Ella tenía sus argumentos y siempre le resultó extraño tu suerte de hallar cosas de los que se habían marchado. Y, por mi parte, sólo te digo que nunca fuiste tan discreta como creíste. Esto, más mi curiosidad obsesiva, me hicieron descubrir tus estudiados pasos, hasta obtener lo que querías. El ser tan sistemática en las preguntas sobre nuestros familiares y el verte pasar horas mirando fotos de la familia, despertaron mis sospechas.
No te culpo de nada. Lo tuyo es una manera buena de hacer fortuna. Pero en este caso, tendrás que conformarte con esta carta. Mis joyas, esas que tanto te gustaban, se las di a Matilda. Tú ya tienes bastante y a la pobre apenas si le alcanza para vivir.

Andrea no pudo seguir leyendo. Dobló el papel amarillento, lo metió en el sobre y se lo entregó a quien la observaba y esperaba en silencio.
—Señora, ¿Qué debo hacer con esto?
—Haga lo mismo que hará con esa que tiene delante, y que se guardó sus letras en tinta negra durante treinta años, aún después de muerta.

Microrrelato


“Todos los días cociné con esmero y puntualmente. Mis recetas se quedaron sin ser probadas y yo sin tu compañía”. Esto es lo que Ana garabateaba en su diario al final de cada página. Juan, por su lado: “Las paredes son testigos de mis días contados y mi almohada junta sueños rotos”.

La negación a veces es no cerrar la puerta a la esperanza de revertir las cosas, y tener sueños aviva las ganas de seguir viviendo para un día dejar de soñar despierto.

Vuelve a escribir Ana: “hoy por fin sé que le faltaba sal a la comida”, y Juan: “me quedé sin paredes dónde escribir mi encierro”.

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