Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

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Parecido

Se parece...

Se parece…

En la sección de neonatología, los dos, felices, comentaban e intentaban descubrir quién era cada uno de los que estaba al otro lado del cristal que enmarcaba la sala.

—¿Es ese de blanco? –preguntó Matías.

—Sí, creo que es ese –contestó Santiago.

—Aunque no estoy muy seguro –volvió a opinar Matías–. Mirando bien, ahora diría que es el que está al lado, el de celeste. Es que tiene un parecido muy grande con vos. Ya sé que es pronto para aventurar familiaridad en un rostro, pero ese de celeste es de nariz respingada, igual que la tuya.

—¡Ah, es verdad! Tal vez tienes razón –asintió Santiago–. ¿Y el tuyo?

—Es ese, el de la esquina –afirmó Matías. Con solo ver lo inquieto que está, no me cabe duda de que es él. Es un rasgo, inconfundible, un sello familiar.

Matías y Santiago suspiraron y ambos empezaron a llorar, y sólo se calmaron cuando les dieron su biberón y sintieron una voz que los tranquilizaba; Santiago la del que vestía de celeste y Matías la del inquieto.

Novios

Juntos son más que dos…

Ella se arregló bien, pintó un poco sus labios y se peinó imitando el look de una modelo de la revista Para Ti. Llevaba cartera de cuero, conjuntada con los guantes y los zapatos. Él lustró su calzado, planchó el traje marrón a rayas y la camisa blanca y no olvidó llevar sombrero. Se encontraron en la puerta de la administración de la Empresa Briones y Cia. Se saludaron formal y cortésmente. Dijo que tenía veinte y que había sido secretaria de un doctor. Dijo que tenía veintisiete y que sabía de maquinarias eléctricas. Ambos mintieron, ambos consiguieron empleo. Ella tenía diecisiete y él veinticuatro y ninguno había trabajado. Eran otros tiempos, era otra época. Empezaron a conversar. Hasta que ella no fue mayor de edad no pudo salir con él. Dejaron de conversar para pasar a ser novios.

Después, resultaron ser mis padres.

Con un cuento

Con un cuento 
se despierta el asombro, 
se esboza una sonrisa, 
se derrama una lágrima… 

Con un cuento 
se cambia el mundo, 
el tuyo, 
el mío, 
el nuestro.

Con un cuento…

Perfume

Siempre, obsesivamente, me pedías unas violetas para tener en casa. No todo el tiempo te conformé. También compraba otro tipo de flores, pero volvías al único pedido que me hacías cada vez que salía a la calle. Incluso, me dijiste: –Cuando me muera, ya sabes qué me tienes que llevar.
Fue la mejor manera de quedarte. Cada vez que las huelo, a diario, te recuerdo.

Hada

Cuando abrí los ojos ella estaba ahí, como siempre, aguantando mi sueño pesado y mis sudores. Me quedé pensando que desde hace mucho tiempo ella es la confidente de mis pensamientos más íntimos. Yo creo que le he susurrado al oído y confiado todas mis penas y todas mis alegrías. También sabe si he pasado un día estoico, cuando nada le ha dado sabor a las horas que me paso solo y entre las personas. Es la mejor confidente que he tenido en años y, lo mejor, no ha revelado ninguno de mis secretos. A veces esconde algún objeto por mí, y me lo guarda hasta que lo dejo salir a la luz otra vez. Se hace pañuelo en más de una ocasión porque, aunque soy hombre, en el silencio, solo y en la oscuridad de mi cuarto, soy capaz de dejar correr alguna lágrima. Ella me las ha juntado todas y las ha escondido bien, para que no las vuelva a usar y me olvide del dolor con sabor de lágrima salada.

Yo vivo despreocupado de su presencia, aunque la echo de menos cuando me toca dormir en otro dormidero distinto al mío. Hay Otras que me seducen con su suavidad y delicadeza, pero ninugna la reemplaza. Sí, me he dejado convencer por lo buenas compañeras de noche que resultan ser algunas, pero a ninguna he sido capaz de confiarle algo especial, tal vez alguna cosa con aire de secreto, pero que al final no trasciende. Ella, la mía, mi Hada, se imagina, seguramente, que los días que he pasado fuera los habré pasado con otra, pero no se enfada y me vuelve a acariciar como siempre para que yo concilie el sueño pronto y placenteramente. Esos días la trato con especial cariño, como para decirle que no se preocupe, que no soy capaz de reemplazarla, que aunque me vea en la obligación de dormir con otras, ella siempre será mi preferida. Pero, curiosamente, estas cosas no le importan. ¡Cuánto tengo que aprender de Hada!

Anoche, muy de madrugada, cuando me desperté cansado y mal dormido, le di unos cuantos empujones, a ver si se acomodaba mejor y yo podía descansar. Ella, dócilmente, se quedó en la forma que yo quise y volvió a ofrecerme su regazo para que pudiera lograr lo que mis ojos rojos suplicaban: al menos un par de horas de buen sueño. Yo apagué la luz y me quedé pensando que había sido poco considerado, que al final mi mal humor y las preocupaciones son los que no me dejan descansar, así que la abracé, me sentí en paz y más cómodo, y por fin me pude dormir. Seguramente ella se esmeró mucho en darme lo mejor de sí porque esta mañana me sentía renovado.

Lo he decidido, de ahora en más la voy a llevar conmigo a todos lados, ya no voy a buscar Otras cuando esté lejos de casa, buscaremos juntos dónde dormir. Siempre me sentiré en casa si tengo a Hada a mi lado. Te quiero, mi querida Almo-Hada.

Razones

No es el árbol, es su verde lo que (me) da vida…

No es el agua, es su frescura la que (me) despierta…

No es el sol, es su calor el que (me) quema…

No es Dios, es su amor el que (me) pesa…

Prohibido hacerse adulto

Hace pocos días, todo Mendoza se sentía con el corazón henchido, una sonrisa se nos dibujaba sin esfuerzo en el rostro y hasta nos parecía que el día podía ser bueno y lleno de esperanza. Leonel, un niño de diez años había encontrado una billetera con US$ 20.000 y lo había devuelto. Esto nos llenó de asombro y sorpresa, a tal punto que no pocos se volcaron en agradecimientos y regalos para premiar tan generoso acto. Los niños son los que nos devuelven el norte, y por lo tanto nos dan ganas de no ser adultos.

Antes de avanzar, también elogio y aplaudo la acción de este niño que refleja unos valores que muchos deberíamos no perder de vista. Ojalá cunda no sólo la noticia, sino también el ejemplo.

Cada vez que cruzo una calle necesito poner en funcionamiento todos los sentidos, y no me refiero solamente a los cinco que supuestamente todos tenemos, sino que digo “todos” por si acaso hay alguno más y no lo sabemos, pues esos también los pongo en funcionamiento, ya que es todo un desafío, cruzar y no morir en el intento. Sendas peatonales las hay muchas, pero que se respeten por parte de los que llevan delante un volante, muy pocos. Y cuando uno va conduciendo y frena para darle paso a un peatón te lo agradecen con un gesto de alegría, y casi todo el mundo que ve dicho acto de respeto y educación vial queda algo asombrado.

Otros casos, que felizmente parecen más normales en el desarrollo de la vida cotidiana, pueden ser: darle el asiento a un ancian@, o a una embarazada, o una señora con un niño en brazos, o a discapacitados y/o a otros muchos que necesitan viajar sentados; por poner algunos casos que se nos presentan y a los cuales respondemos de un modo amable y respetuoso, aunque haya todavía algunos que miran para otro lado para justificar que no se levantan y que no son capaces de ceder el asiento porque no les da la gana. En fin que todo esto forma parte de nuestra educación y cultura.

Y hago mención a todo esto para resaltar que hay muchas cosas que sabemos que tienen que ser de una forma, y sin embargo no siempre sucede como esperamos que sea. Nos decimos muy cultos y conocedores de los valores verdaderos y auténticos, y aspiramos al orden social y cívico de muchos otros países, a los cuales miramos con cierto aire de envidia, pero sabemos que todavía nos queda camino por recorrer hasta poder llegar a un punto mejor y aceptable.

Un acto como el de Leonel no es muy cotidiano; es más, yo diría que es muy raro; será por eso que nos llama tanto la atención que el episodio de la billetera perdida se haya desarrollado del modo que lo hizo. Parece que algo honesto, de deber ético-cívico, es algo que no entra en nuestros esquemas mentales. ¿Tan raro es que alguien sea honesto? A mí me da la impresión de que sorprende que un niño de diez años (con lo inteligente y despiertos que son los chicos hoy en día) no se haya dado cuenta de que eso no se hace en la Argentina (bien podría ser éste nuestro pensamiento); y nuestra sorpresa ante el hecho no hace más que afirmar que “el pobre niño todavía no aprendió lo que hace al genio argentino: la viveza criolla”, y por lo tanto en su inocencia hace lo que hizo. No quiero decir que esto sea la verdad y la pura realidad, sino que, simplemente me llama la atención la reacción de muchos ante este hecho tan loable, como si de algo jamás visto se tratara.

Ser honestos no tiene que ser algo extraordinario en nuestra vida. Devolver lo que no es mío debería ser algo cotidiano; pero parece que esto no es posible, dadas las circunstancias y las noticias. El que hace algo bueno y honesto, como lo es este caso, en seguida es etiquetado y le ponemos el cartel de la B… y por ser sólo más benévolos vamos a decir que es el cartel de bobo. Pero el ver cómo actuó este niño hace saltar los resortes de honestidad y bondad que llevamos dentro del corazón –la huella de Dios impresa en el hombre diríamos algunos- y enseguida nos vemos movidos a hacer algo para (tal vez) sentirnos también parte de este buen acto. Será que por eso muchos le hicieron regalos a Leonel. O, tal vez, simplemente (y lamentablemente) esto es tan raro en nuestros días que no podemos menos que premiar la novedad honesta.

Yo prefiero pensar lo siguiente: un poco oxidado sí tenemos nuestros valores más auténticos y profundos, y por eso nos llama la atención la frescura y espontaneidad del acto de este niño; sin embargo, creo tenemos que mirar más lo que sale del corazón de los niños, ellos son quienes nos pueden devolver el norte para que, los que nos decimos adultos, no olvidemos lo que hace bien a la humanidad y a la convivencia. ¡Prohibido hacerse adulto!

 

Un niño siempre pude enseñar tres cosas a un adulto:

– a ponerse contento sin motivo

– a estar siempre ocupado con algo

– y a saber exigir con todas sus fuerzas aquello que desea

 

En mi caso: honestidad para todos.

¿Amstetten queda en la Argentina?

No hace mucho, todos nos hemos horrorizado con la noticia del “monstruo de Amstetten“, ya que nadie que se diga civilizado -con todo lo que esto de madurez y responsabilidad implica- puede aceptar tal perversidad y maldad de un ser humano hacia otro, menos aún cuando la víctima es sangre de tu sangre. Sin embargo, creo que la mayoría de los argentinos estamos siendo víctimas de aquellos que se dicen veladores de nuestro estado de bienestar, y con aires de “paternidad responsable” nos encierran en un sótano para que no veamos bien la realidad verdadera y se nos ultraja una y otra vez, queriendo que lleguemos al convencimiento de que este “sótano” en el que estamos encerrados es nuestra única y verdadera realidad. Casi dan ganas de enfermarse para que se apiaden de nosotros y nos dejen salir e ir al hospital y tal vez así por fin podamos ver que existe más que un lugar donde nos tienen encerrados.

Todos somos conscientes de que nuestro país tiene muchas posibilidades, que puede crecer y ser grande; no hace falta más que mirar cómo en poco más de cinco años, tras la gran crisis que sufrió el país, nuestra querida patria celeste y blanca, con gente que le puso el hombro, se levantó y volvió a respirar aire de la superficie. Y cuando la esperanza comenzaba a echar raíces en nuestros corazones, nuevamente nos vemos embarazados por quienes quieren encerrarnos y no dejarnos ver la realidad.

Ciertamente estamos sufriendo un conflicto grave al cual titulamos retenciones y campo, y esto ha generado más que preocupación en todos los argentinos, ya que nuevamente comienzan a aparecer las desconfianzas, los egoísmos, las profecías nada halagüeñas, el miedo a lo que puede pasar, y lo que es peor, parece que se instala nuevamente la desesperanza. Y si bien parece que a muchos nos agarra de lejos todo esto, no porque no suframos las consecuencias de todo este problema, sino porque no tenemos posibilidad de decisión o no se nos retiene nada directamente, sin embargo, creo que debemos luchar por no quedarnos en este encierro, por ver la luz del día con claridad y amplitud y por lo tanto decirle a nuestros gobernantes que ya es hora de que se den cuenta de que no pueden encerrarnos en un zulo, que somos lo suficientemente maduros y adultos como para ver y evaluar lo que se nos dice.

No estamos ciegos y los mandatarios de turno no pueden pretender que nos creamos que no hay casi inflación (el INDEC dice que en abril sólo hubo un 0,8) cuando en realidad vemos que las cosas cada día están más caras; no nos pueden decir que la pobreza es cada vez menor cuando vemos cientos de personas que viven en condiciones degradantes e indignas de cualquier ciudadano de este país que se jacta todavía de que fue, y que todavía puede ser, el granero del mundo; no pueden querer que nos creamos que el desempleo ha bajado cuando vemos muchísimas personas clamando por un poco de pan y por trabajo; no pueden pretender que creamos que las cosas están estupendamente cuando vemos que se “apura” a muchos, empresarios especialmente, para que den lo que casi ya no tienen y así aparentemente todo está bien como siempre; no puede ser cierto que quieran que creamos que todo va bien cuando la única política, cuando de diálogo se habla, es la del descrédito -el otro miente porque yo digo que es un mentiroso, y digo que es un mentiroso porque me conviene, así me creen a mí-; y así podríamos seguir enumerando muchas más cosas que no hacen más que confirmar que este gobierno quiere convencernos de que vivir en este encierro y encima violados es lo mejor que tenemos y que nos puede pasar.

Una actitud más abierta y sincera sería mejor para todos, no sólo para resolver los conflictos agropecuarios; una postura no tan patotera sería mejor aún, así que señores (me excedo en el título) D’Elia y Moreno, sepan que no los queremos así y que no vamos a llegar a ningún lado de ese modo. Por favor Señora Presidenta, aleje a estos energúmenos y cerriles de entendedera de su lado, no hacen más que embarrar más todo y anular toda posible solución, a menos que Ud. esté de acuerdo con todo esta forma de proceder y le convenga tenerlos cerca para no tener que ser Ud. la que intimide a todos a hacer de todo esto un unitarismo inútil y estéril. La democracia está malherida desde hace un tiempo. Sólo pueden hablar unos, y los otro acatar y callar, de lo contrario se los “elimina”, se los desacredita, se los ignora.

Es hora de que los argentinos demos señales desde este encierro en el que nos quieren dejar, que procuremos salir a la luz y que veamos nuestra realidad, que se enteren los señores gobernantes que no nos dejamos violar más, que no vamos a dar a luz los hijos que ellos quieren, a su modo, que es necesario que se diga la verdad, porque de ese modo vamos a buscar todos la solución con mayor precisión y seguramente podremos salir adelante con el beneficio para todo el pueblo y no sólo para unos pocos, que después de vejarnos se van a levantar y se van a ir a buscar mejor vida en otro lugar habiéndonos quitado nuestra dignidad. No esperemos a “enfermarnos” para salir a buscar un médico y entonces darnos cuenta de la realidad que estaba vedada a nuestros ojos y conocimientos; hagamos medicina preventiva y abramos los ojos y la conciencia a nuestra verdad y tal vez así no llegaremos al punto, otra vez, de estar en terapia intensiva, rogando a Dios por nuestra patria.

Amo la pefección de tus imperfecciones

Cada vez que pensamos en las relaciones interpersonales, o mejor, entre personas (así parece que hablamos de un tú y un yo) al mismo tiempo que podemos pensar en lo bonito de la relación de amistad que puede haber entre dos personas, o en el mejor de los casos si hablamos de la relación entre dos que se aman de verdad (ya sean amigos, novios o lo que se lleve en ésta época), no podemos menos que pensar, con frío de realidad, que toda relación conlleva también una cuota de dificultades. Es así que pienso que es necesario que amemos la perfección de las imperfecciones que el otro puede tener.

En muchas ocasiones nos disgusta que ciertas personas sean de un modo o de otro, más aún si son personas que ocupan más que un lugar en nuestras vidas o lista de conocidos. Y claro que, hasta de un modo inconsciente, queremos cambiar a dichas personas; entonces justificamos largas charlas correctivas que supuestamente van a hacer que las cosas cambien y mejoren. ¿Para quién? En primer lugar para nosotros, tal vez también para el otro, pero justificamos nuestras correcciones diciendo que es por el bien del que es corregido.

No quito la buena voluntad y los buenos resultados que una corrección de los “defectos” o “limitaciones” pueda dar-nos, pero sí digo que a lo mejor lo que hacemos es intentar acomodar al otro a nuestro gusto, que tal vez no sea la solución adecuada, y que a lo mejor todo esto es como barrer y meter la basura debajo de la alfombra. Indefectiblemente vuelve a salir a la luz.

Por otro lado, bien podríamos pensar que todo esto no tiene mucho sentido y que lo que hay que reflexionar y hacer es mirarse a uno mismo y procurar cambiar nosotros, porque tal vez el problema esté de nuestro lado y nada ganaremos hasta que no cambiemos o limemos las aristas de nuestros límites.

Vamos avanzando, y para no ser injustos ni con unos ni con otros (según se asiente el pensamiento), perfectamente podríamos decir que una de cal y otra de arena, es decir: nos puede valer una y otra postura, y por momentos valernos de la corrección que se puede hacer al otro para que la relación entre dos vaya mejor, y luego también aplicar una dosis de autocrítica y autoayuda y así yo mejorar para el otro.

Hasta aquí todo bien, pero yo propongo que amemos la perfección de las imperfecciones, y me explico: Tal vez sería oportuno pensar que cada persona que se acerca a nosotros es perfecto para uno. Es como decir, “eres perfecto para mí; tienes las limitaciones perfectas para mí, que colindan con las mías; tienes los errores perfectos para mí, que dejan espacio a los míos; tienes la im-paciencia perfecta para mí, que me abraza cuando yo no la tengo… (ni una ni la otra), tu terquedad es la justa porque deja lugar suficiente para la mía; tus caprichos llenan la mitad de la lista y yo la completo con los míos; tu mal humor llega hasta donde comienza mi buen humor y mis rabietas besan tus carcajadas”.

Es así que cada vez que pensemos que hay que corregir-se, sería bueno que miremos los “defectos” de los otros con mayor cariño porque también son nuestros; y de este modo no tenemos dos personas enfrentadas que se corrigen y autocorrigen, sino que tenemos a dos compañeros de camino que comparten un mismo viaje, y cada uno deja espacio suficiente para el otro.

Si uno y otro intentan ver las cosas de este modo (algo más en lo que habrá que ponerse de acuerdo), entonces el afán pasará a ser el querer conquistar un grado tal de perfección –dentro de la imperfección que seguramente somos- que se ajuste a la medida del otro y sea capaz de aguantar las aristas de mi amig@, novi@, herman@ o lo que toque; y dejaremos de buscar soluciones a las dificultades a través del enfrentamiento.

Tenemos que aprender a convivir con las imperfecciones de los demás que son perfectas para nosotros porque también nos dejan ser.

Mi Mejor Herencia

Jueves Santo –Mi Mejor Herencia-
El Evangelio de la última cena de Jesús con sus apóstoles es muy profundo y da muchos signos y pistas de por dónde debe ir la vida de alguien que se dice seguidor de Jesús.

Yo siempre recuerdo que, cuando era chico (más chico), una de mis obsesiones era llegar temprano a la Iglesia a ver si me elegían para el lavatorio de los pies (incluso buscaba ponerme medias que estuvieran decentes), porque es que (no sé bien cuándo) siempre me acordaba eso que Jesús le dice a Pedro: “si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Tal vez me quedé pensando en esto por dos razones: una era que tenía cierto temor de quedarme sin Jesús (probablemente movido por la inmadurez de mi fe y la presencia, en aquellos tiempos, de un Dios más justiciero que padre misericordioso); y la segunda razón (muy unida a la primera) era que de ese modo, si “Jesús” me lavaba lo pies, entonces ya me tendría en cuenta, vería que no era un chico tan malo y por lo tanto me lo perdonaría todo y hasta podría darme un lugar junto a él. Finalmente nunca me eligieron, y eso que llevaba mi piececito muy bien lavado. Con el tiempo me olvidé del asunto, y me olvidé de muchas más cosas, en ocasiones incluido Dios mismo. Ya ven por dónde te lleva la vida, y Dios, y ahora resulta que tampoco me eligen para que me laven los pies sino que me toca lavarlos a mí. ¿Tendrá algo que ver toda aquella obsesión adolescente y juvenil con todo esto?

Yo me pregunto cómo será todo esto cuando lleguemos junto a Dios. Sí, probablemente nos encontremos con los pensamientos más profundos de Jesús y nos demos cuenta de lo que él puede haber pensado en este día. Supongamos que Jesús en un momento se detiene y piensa, pensando en sus discípulos y en nosotros:

¿Hoy qué habrás entendido cuando te dije que comas mi cuerpo y bebas mi sangre? ¿Qué se te habrá pasado por la cabeza cuando me puse de rodillas y comencé a lavarte los pies? Qué loco impulsivo que eres Pedro, como siempre, pero así te quiero y así te elegí. Juan, tú hacías como que lo entendías todos, pero sabemos que te quedaron muchas dudas; tú siempre prefieres confiar en lo que yo te diga. Judas, ay Judas, cómo me duele el que pases por todo esto y lo que te espera. A pesar de lo que haces hoy, no te guardo rencor.

Espero que puedan darse cuenta de la herencia que les estoy dejando; la mejor que encontré. Me dejo a mí mismo en este poco de pan y este poco de vino, les dejo como herencia el servicio –que no se les olvide que para eso estamos, para servir y por consiguiente amar-, les prometo enviarles mi Espíritu que mucha falta les va a hacer –él no se cansa de que lo llamen, a la hora que sea-, les dejo lo único que hace a mi ser: el amor -espero que aprendan a disfrutar de él, que lo hagan propio y que no lo usen para lo que no es-.

Me gustaría no tener que pasar por todo esto, me gustaría volver a estar caminando por los caminos de esta tierra árida y cansada por el sol, me gustaría poder seguir pasando los ratos juntos como hasta ahora, me gustaría poder envejecer junto a ustedes…

Espero que no tarden más de dos mil años en comprender todo esto y en aprender a disfrutar de mi herencia y a ponerla en práctica. ¿Qué más les puedo dejar? Mi vida… así ya se los he dado todo.

¿Qué estará pensando hoy el Señor? Si nos mira de cerca, ¿podrá afirmar que hemos aprendido a disfrutar de su herencia? ¿Cuánto de amor y de servicio hay en nuestra vida? ¿La vida nos la guardamos bien para nosotros o sabemos darla a los demás? Estas preguntas, y mucha más que podrían surgir hoy son las que nos pueden ayudar estos días para ir más a fondo en todo lo que hacemos en memoria de Jesús.

Yo especialmente estoy muy agradecido a Dios por lo que me da, especialmente el sacerdocio (hoy es nuestro día) que espero no malgastarlo y hacerlo fructificar. Hoy se instituye la Eucaristía y por consiguiente el sacerdocio para poder perpetrar este sacrificio de amor y entrega. También el amor fraterno tiene que ser nuestro lema, el servicio nuestro oficio, el pan y el vino, la Eucaristía, nuestro alimento y junto con la oración nuestra fuerza.

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