Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

Deberías saber que sí


Una chica, a través de un programa de radio, le pide a su novio que se case con ella. Él le responde: Deberías saber que sí.
Una respuesta rotunda que dice mucho más que un simple Sí.
Deberías saber que sí significa que hace tiempo que he decidido vivir mi vida junto a ti.
Deberías saber que sí significa que te elegí y todavía tienes dudas.
Deberías saber que sí es no necesitas pedirme nada, todo lo mío es tuyo.
Deberías saber que sí es no me hice entender bien.
Deberías saber que sí quiere decir mi vida no la entiendo si no es a tu lado.
Deberías saber que sí quiere decir ya te hice mía y tú me hiciste tuyo.
Deberías saber que sí es el modo más profundo de aceptar una propuesta, porque se ha aceptado desde antes, tal vez desde un principio.
Si alguien me da esta respuesta me deja mudo por un año.

Esto me hizo pensar en las dudas que a veces tengo: ¿Será verdad que Dios está conmigo? ¿Estará contento el Señor con lo que hago? ¿Me cuida como un Padre? ¿Realmente me habrá elegido para esta tarea? ¿Me habrá llamado o fue imaginación mía? ¿Me ayudará en este nuevo proyecto?
Así podría seguir enumerando preguntas que me hago y que a veces sólo encuentran respuestas cuando me confío en sus manos.
Deberías saber que sí, Dios nos lo dice en más de una ocasión, y todavía me nos quedan dudas.

Azúcar


Quiero ser azúcar para endulzar tu vida. Mezclarme y pasar desapercibido, al principio, para luego hacerme presente en tu gusto. No he encontrado mejor forma de estar unidos si no es por los sentidos.
Tú dirás que es invasivo, pero dándote una poca de felicidad dulce y duradera es como no me importa morir. El azúcar se disuelve, muere, para dar vida al gusto que a todos nos agrada. Yo entonces quiero poder gustarte y que te dé gusto probarme.
Aquí estoy, soy azúcar a la espera de que me uses. Puedo endulzar tus desayunos, también tus postres y aquellos caprichos que se te ocurren a media tarde. En la noche me puedo meter en el vaso de leche que tomas antes de dormir. Creo que ser azúcar es el mejor modo de poder hacerte feliz y no separarme de tus gustos. Así no me echarás de menos.

Miedo vs Amor

Cada hombre en su noche es una novela que andaba buscando hace mucho tiempo y que por fin encontré en una librería de viejo. Todo un tesoro descubierto. Julien Green deja entrever la calidad de su pluma, por lo cual recomiendo su lectura, sobre todo si parece que la dicotomía: vida mundana – vida de pureza, suscita más que un quebradero de cabeza.
Parece que la educación cristiana, desde hace siglos, siempre se ha basado en un método muy simplista: meter miedo a la gente para que se comporten acorde a los cánones de la Iglesia y así evitar todo desorden moral, además de que las amenazas de ir al infierno si uno no era “puro”, eran aún mayores para controlar a todo el mundo en el desenfreno sexual que se vivía, y que se vive. Bueno, todo sigue siempre igual, parece.
Hoy en día decir que estamos en tiempos modernos es ir contra toda regla antigua y llena de telarañas. Cualquier cosa que regule la moral es obsoleto, y menos aún se hace caso a las amenazas de las llamas del infierno. Se vive “despreocupado” de todo eso, o tal vez mejor diríamos, se vive mirando a otro lado para que aquello no nos estorbe. Y lo cierto es que en el corazón del hombre siguen sonando muchas de las cosas que se han dicho desde siempre: qué está bien y qué no.
¿Y Dios qué dice de todo esto?
No se entusiasmen, seguramente no tengo la respuesta correcta, ni me ha llamado Dios para contarme todo a cerca de esto, pero lo que sí creo que tenemos que tener presente es lo siguiente:
La Iglesia (en sentido amplio de la expresión) ha buscado dar pautas y luces de por dónde hay que caminar para llegar a Dios, y el método que usó (acertadamente o no) fue el que todos conocemos, aunque no siempre fue así; pero para nada tenemos que asociar eso con que Dios es el malo de la película, todo lo contrario.
Por otro lado, no podemos perder de vista que todo lo placentero no es sinónimo de pecado. Comer una estupenda comida, junto a familiares y amigos, es de lo más placentero, al menos para mí, y no es ningún pecado.
Y por último, ese miedo que parece que se nos ha querido meter en el cuerpo para que nos convirtamos y cambiemos de vida, no sirve para nada.
No hay que convertirse por miedo o temor, eso dura dos días. Cuando se pasó el miedo, que instintivamente queremos quitar de en medio, se pasó la conversión.
Hay que convertirse por amor. El amor es algo que deseamos tener, vivir y sentir a cada momento. Sólo por amor no dejaremos a Dios de lado, alejándonos de él. Esto permanece más que una conversión por temor.
Cada uno hace su vida, pero para hacerla junto a Dios es mejor convertirnos, volvernos hacia él, por amor. No hay otra forma de perseverar.

Amistad – Libertad


El reencuentro con los amigos y conocidos es muy gozoso, aunque tengo que decir que en ocasiones siento que el “interés” de algunas personas sobre mi vida me resulta invasivo. Como que no hay derecho a tener vida privada.
Ciertamente mi vida tiene mucho de pública, aunque al mismo tiempo siempre procuro tener un apartado para mí y para quien yo quiera invitar. Es necesario tener un espacio personal donde uno se pueda recrear a gusto.
Sí a la amistad viva, transparente y veraz, pero también sí a “yo y mis circunstancias, como a mí mejor me parezca”.
A tus preguntas voy a contestar con verdad, pero también con el coto que a mí me dé la gana, sin engaños.

Microrrelato


“Todos los días cociné con esmero y puntualmente. Mis recetas se quedaron sin ser probadas y yo sin tu compañía”. Esto es lo que Ana garabateaba en su diario al final de cada página. Juan, por su lado: “Las paredes son testigos de mis días contados y mi almohada junta sueños rotos”.

La negación a veces es no cerrar la puerta a la esperanza de revertir las cosas, y tener sueños aviva las ganas de seguir viviendo para un día dejar de soñar despierto.

Vuelve a escribir Ana: “hoy por fin sé que le faltaba sal a la comida”, y Juan: “me quedé sin paredes dónde escribir mi encierro”.

Las Nuebes de mi Abuela


Cuando era niño, siempre me dormía pensando que nada más dormirme me vería en un lugar lleno de nubes. Es que mi madre me dijo que mi abuela se había dormido y que ahora se había despertado en un lugar que no conocemos, que le llaman cielo, donde vive un señor que se llama Dios, y que siempre están rodeados de nubes. Yo quería ir a visitar a mi abuela y no había día que no deseara verme entre nubes, signo inconfundible de que estaba llegando al nuevo barrio donde se había mudado ella. Digo barrio porque mi padre siempre dice que hay gente que se ha ido a vivir al otro barrio, y como nunca más se vuelve a ver a esas personas que se mudan, como a mi abuela, yo supongo que se trata del mismo barrio de nubes, donde está ese señor que llaman Dios.

Yo cierro los ojos con fuerza, como para que me venga rápido el sueño, pero tardo poco en abrir un ojo, a ver si ya veo alguna nube, pero nada. Vuelvo a cerrar los ojos y espero un rato más. Miro otra vez, y nada. Vuelvo a cerrarlos y espero un rato largo. Los abro y el sol me saluda. Otra vez se me pasó la noche, me dormí, sí, pero de nubes nada. Miro por la ventana y las nubes están lejos, las veo claramente, pero de mi abuela ninguna señal. Tal vez la noche que viene lo logre.

La vida se me ha pasado no sólo preocupado de las nubes, sino que también he crecido y me he casado, aunque debo admitir que todavía me siguen gustando las nubes. Yo soy un tipo maduro, aunque más bien tendría que decir viejo, porque a mis ochenta años decir maduro es como decir recién salido de la juventud y eso ya pasó hace mucho tiempo. Ahora, cuando me toque irme al otro barrio, por fin voy a descansar de tantos cansancios sin sentido que tengo todavía, pero en nada me preocupan las nubes, eso era cosa de niños. Aunque a decir verdad, lo que me explicó mi madre ante la ausencia cuestionada de mi abuela, fue la forma menos traumática para admitir que mi abuela estaba cerca, aunque estaba lejos, como las nubes.

Esta mañana me desperté casi como todos los días, la misma hora, los mismos planes por delante, la misma rutina, los mismos dolores, la misma vejez, la misma soledad, pero me acordé de lo que había soñado, o vivido realmente, quién sabe. Por fin estuve entre las nubes -me dije-. Eran suaves, se respiraba un aire puro y un tanto denso, apenas si veía mis pies, más bien veía la mitad de mi cuerpo, y la vista al rededor era escasa. Ese aire blanco, suave y casi con textura eran las nubes que había deseado desde que era un chiquillo. ¡Por fin! -me dije con un gozo profundo-. ¿Y mi abuela? Me eché a reír. Eso que pensaba que había sido la ilusión de poder ver una vez más a mi abuela, estaba tan presente como la primera noche que me acosté pensando en nubes. Y digo que fue un sueño, o no lo fue, porque entre nubes y brisas me encontré con una flor blanca, igual de blanca que todo lo que me rodeaba, la tomé entre mis manos y desperté. Era un sueño -dije- aunque a decir verdad, creo que me despertó el aroma de la flor blanca que seguía en mi mano.

¡Que los grandes vuelvan a la escuela!


Cuando recuerdo mi infancia siempre encuentro motivos para alegrarme, sonreír y reír a carcajadas de las cosas que, siendo niños, uno ha hecho y que ahora parece hasta un poco tonto, pero no son tonterías, son cosas de niños; bien puede valer como ejemplo lo que hice junto a mi hermana y unos amigos: más o menos cuando tenía doce años decidí que mi perro tenía que ser cristiano, así que reuní a todos mis amigos y lo bautizamos.

Al mismo tiempo también recuerdo que cuando fuimos a la escuela (y en casa también) siempre nos enseñaron muchas cosas: no hay que robar, no hay que copiar, no hay que pelearse con los compañeritos, hay que querer mucho a mamá y a papá, hay que ayudar a un ciego a cruzar la calle, hay que ayudarle a la vecina con las bolsas de la compra, siempre pedir permiso, ser respetuosos, los chicos siempre deben callarse, no hay que gritar mucho, hay que hacer los mandados sin protestar, hay que compartir los juguetes, no hay que mentir, hay que irse a dormir temprano, hay que hacer la tarea, hay que cuidar a las mascotas, hay que limpiar la habitación, no se puede escuchar música con el volumen muy alto, no se puede faltar a la escuela, hay que ir a la catequesis, hay que confesarse porque has faltado a misa (tal vez debería decir porque no me ha llevado mamá ni papá), no se puede fumar, al cine sólo se puede ir si la película es adecuada, hay que comer en una mesa aparte –la mesa de los chicos- porque los grandes tienen mesa exclusiva, hay que aguantarse los besos de todas las tías y tíos, no se pueden hacer borrones cuando se hace la tarea (¿eso quería decir que no me podía equivocar?), puedes jugar al fútbol sin ensuciarte mucho la ropa, no se puede salir a la calle cuando llueve, hay que respetar las normas del ciudadano, hay que querer mucho a la patria, hay que saberse y respetar la Constitución, hay que creer y respetar mucho a los gobernantes, porque son gente muy importante y están trabajando para hacer más grande la nación. Y así podríamos seguir con una lista interminable de cosas que un niño tiene que hacer o no hacer. Ser niño no es una empresa fácil. ¿Quién dijo que sólo se juega cuando se es niño?
Es así que todo esto, parece, se acaba cuando llegas al status de mayor de edad, entonces te viene la amnesia y se te olvidan muchas cosas que antes eran casi sagradas.

Cuando eres mayor, parece que mentir no es tan malo, ir al cine a ver cualquier cosa tampoco está mal, no compartir tus cosas (los juguetes de antes) está bien porque la gente no las cuida como tú, faltar al trabajo no es cosa para preocuparse, faltar al senado, o al congreso (no dar quórum le llaman) tampoco está mal porque cuando se es político esas cosas se deben hacer (¿el sueldo? Ah, te lo pagan lo mismo, así que no hay de qué preocuparse), respetar las normas de tránsito es para los extranjeros y no para el vivo conductor argentino que pasa antes que el peatón, hacer bien tu trabajo (sin borrones) parece que no importa tanto y menos aún si trabajas en una función pública, cuidar el medio ambiente es algo que queda para los ecologistas que no tienen otra cosa que hacer, faltar a misa no está tan mal y menos aún si tienes hijos porque ellos luego se irán a confesar por ti, el respeto a los grandes es para los chicos y el respeto a los hermanos y amiguitos no importa mucho, porque cuando se es grande tienes que hacer respetar tus derechos, y si te exigen algo a lo cual adecuarte la respuesta es fácil: me están discriminando (aunque la pretendida conducta del supuesto discriminado sea la incorrecta en determinados foros), y en cuanto a la Constitución, si no me viene bien, siempre se puede reformar (este privilegio lo tienen sólo algunos). Y así podríamos seguir hablando de la amnesia adulta.

Me pregunto: ¿Para qué enseñamos a los niños todo lo que dijimos al principio? Los niños nos podrían llamar hipócritas, y tendríamos que callar, porque con este panorama caemos en un lugar común: haz lo que yo digo y no lo que yo hago. ¡Que los grandes vuelvan a la escuela!

Leticia


Una vez más tuve que abrir el armario número tres de las cartas devueltas y colocar la última que me llegó, después de una semana que la había enviado.
Hace siete días se cumplieron dos meses desde que comencé a escribirle a Leticia, cuyo nombre viene del latín y significa alegría, y no podía ser de otro modo porque era mi única alegría, la cual ya no tenía.
Al principio fue una carta cada hora, luego pensé que era poco y comencé a escribirle cada media hora. Al cabo de un mes, como ella no contestaba mis misivas, pensé: seguramente es muy poco lo que estoy haciendo. Ella –me dije- se aburre entre carta y carta, es por eso que del disgusto ha decidido no contestar a ninguna de las mías.
No hubo más remedio que esforzarme un poco (así se daría cuenta de cuánto la quiero), entonces empecé a escribirle cada diez minutos.
Sonó el timbre y pensé que era ella, o al menos una carta de respuesta. Abrí sonriente y con aire de triunfo, pero era el cartero con dos cajas llenas de cartas devueltas. No entendí, las miré y las metí en el armario número uno.
Redoblé el ritmo y logré escribir una carta cada tres minutos, y casi no dormí en las siguientes dos semanas, sólo quería contarle de mí y de mi vida paso a paso, pero hace una semana decidí no escribirle más. Llené casi tres armarios de dos puertas con cartas devueltas.
Esta última carta devuelta, la de hace siete días, la estaba por guardar en una caja aparte, pero algo me llamó la atención: la dirección a la que había enviado las cartas, todas, no era la de ella, era la mía.

Hada

Cuando abrí los ojos ella estaba ahí, como siempre, aguantando mi sueño pesado y mis sudores. Me quedé pensando que desde hace mucho tiempo ella es la confidente de mis pensamientos más íntimos. Yo creo que le he susurrado al oído y confiado todas mis penas y todas mis alegrías. También sabe si he pasado un día estoico, cuando nada le ha dado sabor a las horas que me paso solo y entre las personas. Es la mejor confidente que he tenido en años y, lo mejor, no ha revelado ninguno de mis secretos. A veces esconde algún objeto por mí, y me lo guarda hasta que lo dejo salir a la luz otra vez. Se hace pañuelo en más de una ocasión porque, aunque soy hombre, en el silencio, solo y en la oscuridad de mi cuarto, soy capaz de dejar correr alguna lágrima. Ella me las ha juntado todas y las ha escondido bien, para que no las vuelva a usar y me olvide del dolor con sabor de lágrima salada.

Yo vivo despreocupado de su presencia, aunque la echo de menos cuando me toca dormir en otro dormidero distinto al mío. Hay Otras que me seducen con su suavidad y delicadeza, pero ninugna la reemplaza. Sí, me he dejado convencer por lo buenas compañeras de noche que resultan ser algunas, pero a ninguna he sido capaz de confiarle algo especial, tal vez alguna cosa con aire de secreto, pero que al final no trasciende. Ella, la mía, mi Hada, se imagina, seguramente, que los días que he pasado fuera los habré pasado con otra, pero no se enfada y me vuelve a acariciar como siempre para que yo concilie el sueño pronto y placenteramente. Esos días la trato con especial cariño, como para decirle que no se preocupe, que no soy capaz de reemplazarla, que aunque me vea en la obligación de dormir con otras, ella siempre será mi preferida. Pero, curiosamente, estas cosas no le importan. ¡Cuánto tengo que aprender de Hada!

Anoche, muy de madrugada, cuando me desperté cansado y mal dormido, le di unos cuantos empujones, a ver si se acomodaba mejor y yo podía descansar. Ella, dócilmente, se quedó en la forma que yo quise y volvió a ofrecerme su regazo para que pudiera lograr lo que mis ojos rojos suplicaban: al menos un par de horas de buen sueño. Yo apagué la luz y me quedé pensando que había sido poco considerado, que al final mi mal humor y las preocupaciones son los que no me dejan descansar, así que la abracé, me sentí en paz y más cómodo, y por fin me pude dormir. Seguramente ella se esmeró mucho en darme lo mejor de sí porque esta mañana me sentía renovado.

Lo he decidido, de ahora en más la voy a llevar conmigo a todos lados, ya no voy a buscar Otras cuando esté lejos de casa, buscaremos juntos dónde dormir. Siempre me sentiré en casa si tengo a Hada a mi lado. Te quiero, mi querida Almo-Hada.

Razones

No es el árbol, es su verde lo que (me) da vida…

No es el agua, es su frescura la que (me) despierta…

No es el sol, es su calor el que (me) quema…

No es Dios, es su amor el que (me) pesa…

Amor insensible – Planeta Salvado

Antes eran cartas manuscritas, incluso perfumadas, las que se guardaban como un tesoro y aun como prueba del amor profesado, aunque también se podían volver armas mortíferas, para decir que el amor había llegado a su fin, que todo había muerto, esas cartas, tesoros de pruebas del amor, eran rotas y quemadas. El odio y desengaño se volvían humo negro: signo del olvido, el rechazo y el fin de una relación.

Hoy ya casi no se escriben cartas manuscritas, aunque sí se escribe para expresar el amor, aquellas han sido reemplazadas por escuetos e-mails o mensajes de texto. Todo abreviado, rápido y de corrido, y el perfume se imagina si se puede, o se envía un guiño por el Messenger, entonces en la pantalla de la computadora te salta un corazón rosado, latiendo con fuerza de besos amontonados.

¿Y qué pasa cuando llega la ruptura? Como no hay humo que dé fe de la quemazón, rabia y rechazo al amor vivido, entonces se envían e-mails o mensajes de texto que pueden versar del siguiente modo: Ya no kiero sabr nada + con vos, acabo de mandar todos tus mails a la papelera d reciclaje y le di a VACIAR PAPELERA! JA, q t pensabs vos q ibas a aserme sto a mi? Chau, borro tu mail y tu celular de mi lista de contactos (y no guardo copia d seguridad, jajaja). Para vos estoy fuera de cobertura. No me llega señal para vos. Ade+ t puse en la lista de correo no deseado, aora sos spam para mi. En el Messenger estás blocked y no pienso enviarte más un guiño. ¿Y el facebook? Ya he cambiado mi estado y ahora he puesto que estoy “buscando a alguien”. De mi lista de amigos estás out, blocked: NO ME LLEGAN MÁS TU ACTUALIZACIONES. Ojalá t kedes sin internet y sin señal.

¡Qué fríos y poco románticos nos vuelve la tecnología! Al menos ahorramos en papel, no hacemos fogatas que pueden provocar incendios devastadores que quemen nuestro planeta, no hace falta tanto papel que genere una deforestación desmedida, y ahorramos en perfumes caros, aunque peligre la economía francesa. Romeo y Julieta contemplan, amortajados, que su historia, cada vez más, se vuelve una historia vieja y fuera de contexto y que ellos no son más la prueba de la fuerza del amor de los enamorados. Las flores lloran, con gotas de rocío, porque ya nadie las roba de un jardín y las regala como prueba del corazón enamorado.

¿Quién llora más? ¿El corazón desengañado de un amor o el amor que pierde expresividad y sensibilidad de tacto, de contacto?

Inmaduro Tecnológico


¡Qué zoquete! Me hice fan de algo cuando creía que me hacía fan de otra cosa, aunque en realidad quería confirmar mi asistencia a un evento anunciado en el Facebook.
Esto me ha dejado pensando: ¿Será que me estoy volviendo un inmaduro a la tecnología?
Es como ser un niño en estas cosas, que algún día las entenderás cuando alguien, mayor que tú, te las explique.
El facebook y otras tecnologías, a veces (pocas por ahora), me dejan anclado en la minoría de edad; hay cosas que no sé cómo funcionan, aunque a veces acierto… en fin, me estoy volviendo mayor -contradicción de la vida-.
Cuanto más mayor, más niño me vuelvo en estas cosas y menos las entiendo, como cuando de chico te decían: Shhh! Cállate, de estas cosas tú no sabes nada, cuando seas mayor las vas a entender. No te metas en cosas de mayores… buuuaaa

Cortos literarios de Edu

1-
“Cuando supe que eras alguien en mi vida, más que un simple amigo, yo ya esaba embarazada. Menos mal que dejaste tus rasgos en el niño para que no me olvide de tu rostro y tu bondad…”

2-
“Ver tu lado de la cama vacío hace que sienta frío, aunque desde que te conocí en aquella clase y vivimos juntos, siempre me hizo falta una estufa.”

3-
“Con un verso yo te abrigo,
este frío te hace extraño,
de este modo yo te abrazo
para mí eres hermano”

4-
“Cuáles son los brazos dónde acunarme, me pregunto, cuando me abandonas a mi suerte; dijo el monje mientras besaba la foto de María… “

5-
“Hoy el sol salió dos veces
y dos veces te he besado.
A Mendoza tú llegaste,
la mañana se hizo tarde
y el invierno primavera”

EL QUE NO ME AME MÁS QUE A SU MADRE, PADRE, HERMANO, HERMANA… NO PUEDE SER MI DISCÍPULO


Cuando escucho esto en boca de Jesús, no puedo más que entrar en una cierta confusión. ¿Cómo Jesús va a decir que lo amemos más a él que a nuestros padres o hermanos? Suena un poco egoísta, y parece que tiene una exigencia estrecha, muy radical, pero muy estrecha de miras. Ese no es Jesús, o al menos el Jesús que es capaz de amar y darlo todo por el hombre. ¿Cómo se entiende esto?

Si Jesús realmente nos dijera que lo amemos más a él y no a los nuestros, entonces se contradeciría a sí mismo, porque él ama a los suyos con infinito amor, y eso es lo que vemos reflejado en todos su actos y formas de actuar. Por tanto, para entender esto, tal vez, hay que mirarlo del siguiente modo:

Hay que amar a Dios en los hermanos y, a través de ellos, de las personas, tenemos que amar a Dios por sobre todas las cosas. Mi amor es tan exclusivo a Dios que al mismo tiempo se hace amor a las personas. El mismo amor a Dios hace que amemos a nuestra madre, padre, hermano, hermana. Si me quedo sólo en amar a las personas, entonces mi amor se hace caduco, tal vez profundo, pero finito, porque probablemente se acabe cuando la persona pase, o se termine, y ese no se parece en nada al amor de Dios. En cambio, si mi amor a Dios es mayor que todo otro tipo de amor, entonces mi amor se hace eterno, infinito, sin límites, porque se hace el mismo amor de Dios, y esto sí que me lleva a amar a mi madre, padre, hermano, hermana, de un modo infinito y eterno, sin límites. Tal vez también ésta sea la clave para amar a mi enemigo.

Cuando pienso en la radicalidad de Jesús, a veces me asusta un poco, pero si entiendo que cuando más radical sea en las cosas de Dios, y aquí me refiero al amor como lo que define al mismo Dios, cuando más radical sea en el amor a Dios, entonces más radical voy a ser en el amor a la persona. Necesariamente, cuando amo a Dios amo a mis hermanos. No puedo no amar a Dios y pretender amar a las personas, no sería un amor auténtico. Y creo que el amor, para que sea auténtico, tiene que ser amor de Dios.

El que no me ame más que a su madre, padre, hermano, hermana… no puede ser mi discípulo, debería poder pronunciarse del siguiente modo: Ama más a Dios, entonces verás cómo eres capaz de amar, con amor de Dios, a tu madre, padre, hermano, hermana… así es como serás mejor discípulo de Jesús, porque te haces como él.

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