Con un cuento…

Con un cuento se despierta el asombro, se esboza una sonrisa, se derrama una lágrima… con un cuento se cambia el mundo, el tuyo, el mío, el nuestro… con un cuento…

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Hasta cuándo...

Hasta cuándo…

Conocí a un señor, y a la señora, que eran amantes el uno del otro.
Por supuesto les costaba llevar adelante esta situación, sin que los cónyuges respectivos se enteraran, pero no lo hacían mal.
Un día decidieron que no era vida el estar siempre mintiendo, arriesgando excusas poco creíbles y viviendo un amor casi infinito, pero a ocultas.
–Hablemos con el cura —dijo ella.
Él no estaba muy convencido, pero aceptó.
Por fin se presentaron y blanquearon la situación, al menos ante quien les parecía un mensajero de Dios.
Los dos se fueron tranquilos. Ambos decidieron recomenzar, pero no era fácil. No se guardan con facilidad, en el recuerdo, veintisiete años de doble vida.

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El Amor de Dios es débil


Desde hace unos días me resuena en la cabeza una expresión de Amedeo Cencini. Él dice que el amor de Dios es débil.

Rápidamente, saltaron todos los resortes intelectuales y teológicos (si es que hay algo de eso) para responder-me que no estaba bien lo que este buen señor argumentaba. Es que pensamos que Dios lo puede todo. Todopoderoso, sabio eterno, omnipotente, ser supremo, son algunos de los modos de referirnos a Dios. Más cuando necesitamos que el Señor nos proteja o defienda de algún mal. Y si pedimos algún milagro, no nos vale un Dios que tiene un amor débil.
Si esto último es verdad, entonces (permítanme abandonarme en la imaginación) los que se sienten abandonados por Él, porque sufren desgracias, no reciben lo que piden incesantemente, o creen que Dios jamás los perdonará, comprenderían que la razón de todos sus males es el amor débil del Altísimo. Esto no nos sirve.
Pero claro, el amor débil del Creador es el mejor y más auténtico de todos. Es que un amor de este tipo nunca impone, no avasalla, no ahoga a nadie, nunca es violento, jamás abandona, no es capaz de traicionar, evita toda discusión, no mata, no roba, termina siempre diciendo la verdad, no hace daño. Su misma debilidad intrínseca hace que actúe de ese modo.
Este amor verdadero es el que, por otro lado, busca darlo todo y respeta nuestra libertad de un modo absoluto. Siempre está dispuesto a acoger y cuidar y perdonar. Creo que valdría decir que Dios, y su amor, tiene una debilidad infinita por nosotros. Ya vemos que morir en una cruz, para algunos, es signo de debilidad, cuando es la fuerza de Dios que da una vida nueva.
No sé hasta donde podamos imitarlo, pero cuanto más débil sea nuestro amor, a la manera de Dios, mejor será nuestra vida compartida con los que nos ha tocado hacer este viaje viviente.

Deberías saber que sí


Una chica, a través de un programa de radio, le pide a su novio que se case con ella. Él le responde: Deberías saber que sí.
Una respuesta rotunda que dice mucho más que un simple Sí.
Deberías saber que sí significa que hace tiempo que he decidido vivir mi vida junto a ti.
Deberías saber que sí significa que te elegí y todavía tienes dudas.
Deberías saber que sí es no necesitas pedirme nada, todo lo mío es tuyo.
Deberías saber que sí es no me hice entender bien.
Deberías saber que sí quiere decir mi vida no la entiendo si no es a tu lado.
Deberías saber que sí quiere decir ya te hice mía y tú me hiciste tuyo.
Deberías saber que sí es el modo más profundo de aceptar una propuesta, porque se ha aceptado desde antes, tal vez desde un principio.
Si alguien me da esta respuesta me deja mudo por un año.

Esto me hizo pensar en las dudas que a veces tengo: ¿Será verdad que Dios está conmigo? ¿Estará contento el Señor con lo que hago? ¿Me cuida como un Padre? ¿Realmente me habrá elegido para esta tarea? ¿Me habrá llamado o fue imaginación mía? ¿Me ayudará en este nuevo proyecto?
Así podría seguir enumerando preguntas que me hago y que a veces sólo encuentran respuestas cuando me confío en sus manos.
Deberías saber que sí, Dios nos lo dice en más de una ocasión, y todavía me nos quedan dudas.

Miedo vs Amor

Cada hombre en su noche es una novela que andaba buscando hace mucho tiempo y que por fin encontré en una librería de viejo. Todo un tesoro descubierto. Julien Green deja entrever la calidad de su pluma, por lo cual recomiendo su lectura, sobre todo si parece que la dicotomía: vida mundana – vida de pureza, suscita más que un quebradero de cabeza.
Parece que la educación cristiana, desde hace siglos, siempre se ha basado en un método muy simplista: meter miedo a la gente para que se comporten acorde a los cánones de la Iglesia y así evitar todo desorden moral, además de que las amenazas de ir al infierno si uno no era “puro”, eran aún mayores para controlar a todo el mundo en el desenfreno sexual que se vivía, y que se vive. Bueno, todo sigue siempre igual, parece.
Hoy en día decir que estamos en tiempos modernos es ir contra toda regla antigua y llena de telarañas. Cualquier cosa que regule la moral es obsoleto, y menos aún se hace caso a las amenazas de las llamas del infierno. Se vive “despreocupado” de todo eso, o tal vez mejor diríamos, se vive mirando a otro lado para que aquello no nos estorbe. Y lo cierto es que en el corazón del hombre siguen sonando muchas de las cosas que se han dicho desde siempre: qué está bien y qué no.
¿Y Dios qué dice de todo esto?
No se entusiasmen, seguramente no tengo la respuesta correcta, ni me ha llamado Dios para contarme todo a cerca de esto, pero lo que sí creo que tenemos que tener presente es lo siguiente:
La Iglesia (en sentido amplio de la expresión) ha buscado dar pautas y luces de por dónde hay que caminar para llegar a Dios, y el método que usó (acertadamente o no) fue el que todos conocemos, aunque no siempre fue así; pero para nada tenemos que asociar eso con que Dios es el malo de la película, todo lo contrario.
Por otro lado, no podemos perder de vista que todo lo placentero no es sinónimo de pecado. Comer una estupenda comida, junto a familiares y amigos, es de lo más placentero, al menos para mí, y no es ningún pecado.
Y por último, ese miedo que parece que se nos ha querido meter en el cuerpo para que nos convirtamos y cambiemos de vida, no sirve para nada.
No hay que convertirse por miedo o temor, eso dura dos días. Cuando se pasó el miedo, que instintivamente queremos quitar de en medio, se pasó la conversión.
Hay que convertirse por amor. El amor es algo que deseamos tener, vivir y sentir a cada momento. Sólo por amor no dejaremos a Dios de lado, alejándonos de él. Esto permanece más que una conversión por temor.
Cada uno hace su vida, pero para hacerla junto a Dios es mejor convertirnos, volvernos hacia él, por amor. No hay otra forma de perseverar.

Las Nuebes de mi Abuela


Cuando era niño, siempre me dormía pensando que nada más dormirme me vería en un lugar lleno de nubes. Es que mi madre me dijo que mi abuela se había dormido y que ahora se había despertado en un lugar que no conocemos, que le llaman cielo, donde vive un señor que se llama Dios, y que siempre están rodeados de nubes. Yo quería ir a visitar a mi abuela y no había día que no deseara verme entre nubes, signo inconfundible de que estaba llegando al nuevo barrio donde se había mudado ella. Digo barrio porque mi padre siempre dice que hay gente que se ha ido a vivir al otro barrio, y como nunca más se vuelve a ver a esas personas que se mudan, como a mi abuela, yo supongo que se trata del mismo barrio de nubes, donde está ese señor que llaman Dios.

Yo cierro los ojos con fuerza, como para que me venga rápido el sueño, pero tardo poco en abrir un ojo, a ver si ya veo alguna nube, pero nada. Vuelvo a cerrar los ojos y espero un rato más. Miro otra vez, y nada. Vuelvo a cerrarlos y espero un rato largo. Los abro y el sol me saluda. Otra vez se me pasó la noche, me dormí, sí, pero de nubes nada. Miro por la ventana y las nubes están lejos, las veo claramente, pero de mi abuela ninguna señal. Tal vez la noche que viene lo logre.

La vida se me ha pasado no sólo preocupado de las nubes, sino que también he crecido y me he casado, aunque debo admitir que todavía me siguen gustando las nubes. Yo soy un tipo maduro, aunque más bien tendría que decir viejo, porque a mis ochenta años decir maduro es como decir recién salido de la juventud y eso ya pasó hace mucho tiempo. Ahora, cuando me toque irme al otro barrio, por fin voy a descansar de tantos cansancios sin sentido que tengo todavía, pero en nada me preocupan las nubes, eso era cosa de niños. Aunque a decir verdad, lo que me explicó mi madre ante la ausencia cuestionada de mi abuela, fue la forma menos traumática para admitir que mi abuela estaba cerca, aunque estaba lejos, como las nubes.

Esta mañana me desperté casi como todos los días, la misma hora, los mismos planes por delante, la misma rutina, los mismos dolores, la misma vejez, la misma soledad, pero me acordé de lo que había soñado, o vivido realmente, quién sabe. Por fin estuve entre las nubes -me dije-. Eran suaves, se respiraba un aire puro y un tanto denso, apenas si veía mis pies, más bien veía la mitad de mi cuerpo, y la vista al rededor era escasa. Ese aire blanco, suave y casi con textura eran las nubes que había deseado desde que era un chiquillo. ¡Por fin! -me dije con un gozo profundo-. ¿Y mi abuela? Me eché a reír. Eso que pensaba que había sido la ilusión de poder ver una vez más a mi abuela, estaba tan presente como la primera noche que me acosté pensando en nubes. Y digo que fue un sueño, o no lo fue, porque entre nubes y brisas me encontré con una flor blanca, igual de blanca que todo lo que me rodeaba, la tomé entre mis manos y desperté. Era un sueño -dije- aunque a decir verdad, creo que me despertó el aroma de la flor blanca que seguía en mi mano.

EL QUE NO ME AME MÁS QUE A SU MADRE, PADRE, HERMANO, HERMANA… NO PUEDE SER MI DISCÍPULO


Cuando escucho esto en boca de Jesús, no puedo más que entrar en una cierta confusión. ¿Cómo Jesús va a decir que lo amemos más a él que a nuestros padres o hermanos? Suena un poco egoísta, y parece que tiene una exigencia estrecha, muy radical, pero muy estrecha de miras. Ese no es Jesús, o al menos el Jesús que es capaz de amar y darlo todo por el hombre. ¿Cómo se entiende esto?

Si Jesús realmente nos dijera que lo amemos más a él y no a los nuestros, entonces se contradeciría a sí mismo, porque él ama a los suyos con infinito amor, y eso es lo que vemos reflejado en todos su actos y formas de actuar. Por tanto, para entender esto, tal vez, hay que mirarlo del siguiente modo:

Hay que amar a Dios en los hermanos y, a través de ellos, de las personas, tenemos que amar a Dios por sobre todas las cosas. Mi amor es tan exclusivo a Dios que al mismo tiempo se hace amor a las personas. El mismo amor a Dios hace que amemos a nuestra madre, padre, hermano, hermana. Si me quedo sólo en amar a las personas, entonces mi amor se hace caduco, tal vez profundo, pero finito, porque probablemente se acabe cuando la persona pase, o se termine, y ese no se parece en nada al amor de Dios. En cambio, si mi amor a Dios es mayor que todo otro tipo de amor, entonces mi amor se hace eterno, infinito, sin límites, porque se hace el mismo amor de Dios, y esto sí que me lleva a amar a mi madre, padre, hermano, hermana, de un modo infinito y eterno, sin límites. Tal vez también ésta sea la clave para amar a mi enemigo.

Cuando pienso en la radicalidad de Jesús, a veces me asusta un poco, pero si entiendo que cuando más radical sea en las cosas de Dios, y aquí me refiero al amor como lo que define al mismo Dios, cuando más radical sea en el amor a Dios, entonces más radical voy a ser en el amor a la persona. Necesariamente, cuando amo a Dios amo a mis hermanos. No puedo no amar a Dios y pretender amar a las personas, no sería un amor auténtico. Y creo que el amor, para que sea auténtico, tiene que ser amor de Dios.

El que no me ame más que a su madre, padre, hermano, hermana… no puede ser mi discípulo, debería poder pronunciarse del siguiente modo: Ama más a Dios, entonces verás cómo eres capaz de amar, con amor de Dios, a tu madre, padre, hermano, hermana… así es como serás mejor discípulo de Jesús, porque te haces como él.

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